Lutier construyendo un violín

En algún momento del taller d’escritura, alguien plantea la eterna pregunta: «Para conseguir buenos resultados, ¿qué es más importante, el talento o la práctica?».  Sorprende que todavía esté arraigada la creencia romántica según la cual solo unos pocos seres dotados de un talento innato sean capaces de llevar a cabo con éxito tareas complejas como escribir un buen informe, llevar a cabo una investigación o diseñar una infografía impactante. Desde que leí El artesano (Anagrama, 2009), de Richard Sennett, tengo una respuesta mucho más concreta a esta pregunta: 10.000 horas. O lo que es lo mismo,  tres horas diarias durante diez años.

A esta conclusión llegó psicólogo Daniel Levitin a partir de estudios en jugadores de basquet, escritores de ficción, patinadores o incluso grandes criminales. Un aprendiz de alguna de estas habilidades necesita 10.000 horas para asimilar y utilizar sin esfuerzo todas las rutinas y procedimientos. La calidad del trabajo, más que del talento, depende, pues, de la práctica. 

¿Cómo se construyen las habilidades?

Una habilidad, según Sennett, no es otra cosa que «práctica entrenada», y se adquiere de manera parecida en todos los oficios: soplar el vidrio, tornear, escribir, programar, investigar o cocinar. El pratrón de aprendizaje de cualquier habilidad compleja se organiza en dos etapas:  

ETAPA I. Adquirir el conocimiento tácito. 

El conocimiento tácito, a menudo implícito y no verbal, lo adquiere el aprendiz en el taller, el investigador en el laboratorio o el profesional de backoffice en la oficina. Se transmite por imitación y en contacto directo con los compañeros y, una gran parte no se puede expresar en palabras, hasta el punto de que pude llegar a desaparecer con el artesano, como en el caso de Antonio Stradivari, el fabricante italiano de violines que se llevó a la tumba el secreto de la sonoridad de sus instrumentos.  Gracias al entreno repetitivo y concreto, el aprendiz asimila un repertorio de procedimientos hasta hacerlos instintivamente. Este aprendizaje constituye la base de la actividad y sirve de ancla para desarrollarla. Aunque no hay que quedarse estancado en este punto. Esto nos llevaría a hacer «lo que siempre se ha hecho» y a conformarnos con repetir lo mismo. 

    
 

Calidad= conocimiento tácito + conocimiento reflexivo


ETAPA II. Relacionar el conocimiento tácito con el reflexivo.  

La simple imitación no satisface al aprendiz curioso. La  habilidad debe evolucionar, ir un paso más allá del conocimiento tácito: debe interaccionar con el conocimiento reflexivo, entendido como crítica y autocorrección, lo que requiere una comprensión más amplia del trabajo, y un planteamiento a fondo de objetivos y funciones. 

 

Hacerlo bien o hacerlo rápido?

Investigador analizando datos

Según Sennet, el impulso de hacer mejor el trabajo, de perfeccionar habilidades y ampliarlas nos ayuda a mantener una coherencia interna, da sentido vocacional a nuestro trabajo y nos motiva.  

Sin embargo, la mayoría de empresas no estimulan esta adquisición artesanal de habilidades. Entre hacer una cosa bien o simplemente hacerla, la segunda opción suele ser más rápida y rentable.  Más que la profundización artesanal, los planes de formación de muchas empresas priorizan el conocimiento fácil y rápido, pero a menudo superficial, de consultores en tránsito de una empresa a otra. 

Esta indiferencia por promover habilidades sólidas explica, según Sennett, que los profesionales no incorporen el conocimiento reflexivo en su actividad y se conformen con salir del paso y repetir «lo que siempre se ha hecho».


 

Referències bibliogràfiques

Sennett, Richard. El artesano, Barcelona, Anagrama: 2009